Tiene los ojos pequeños. Creo. No siento el mismo olor en las manos. En el cuerpo. Razonablemente, es insensata. Se me escapa. Pocas veces arriesgo tanto, y sin embargo, solo puedo mirar. Hoy por ejemplo, un hombre en el ascensor me hablaba de ella. Recalcamos entre los dos su silencio puro, su inocencia particular. El hombre me olía las manos y me decía que no le recordaban a ella. A mí tampoco. Ni en las marcas de los dientes. Luego salimos a la calle juntos. Me pidió que le hablara de otras mujeres. No se me ocurría ninguna. Me decía que tenía un amigo que le habló de algo de eso. De que no quería sentirse así por nadie. Que se vaya, le dije yo. Sí, claro, que se vaya. Y seguimos andando.
Si yo hubiera entendido eso, no hubiera pasado lo que acabó pasando.
Cuando hablo con mi novia utilizo otras excusas para que no sepa que estoy pensando en ella. Por ejemplo, le digo que hace mal tiempo. Hace mal tiempo, me siento raro. El frío, el calor, se junta todo y me duele un poco la garganta. O por ejemplo le digo que ha pasado algo chungo en el curro. O el tema de que quiero algo mejor para mí. Utilizo mi futuro como una excusa. Las mismas cosas que utilicé con la anterior cuando la conocí a ella. No sé cuál es la evolución, si es una manera de vivir, o de pensar. Ahora mismo no quiero pensar en otra cosa que no sean mis manos. Mis manos están libres de todo lo demás. No huelen a nada.
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