Ruedo por la cama y caigo al suelo. No sé por qué he hecho eso. Miguel está despierto y se sienta en el borde de su lado. Bosteza. Me pregunta que si estoy bien y le digo que sí. Suena el despertador. Es el segundo día que nos despertamos antes de que suene. Miguel se levanta por fin y se va al baño. Cierra la puerta. Yo me levanto del suelo y voy a la cocina. Cojo un par de tazas, las lleno de leche y las meto en el microondas. Son las siete y media, aún es de noche pero se oyen coches en la calle. El mundo está en pie. Me siento en la mesa y miro el contador. Le queda aproximadamente minuto y medio para pitar. Miguel sigue en el baño. Espero. Un segundo antes de que pite abro la puerta. La vida está llena de pitidos. Me gusta luchar por ahorrarme todos los posibles. Pongo la radio. Miguel entra en la cocina y se sienta a mi lado. Me pone la mano en la pierna y vuelve a bostezar. Huelo su aliento, y casi sus manos. Hemos desarrollado un olor corporal mutuo. Olemos igual. En la radio están sonando las noticias. El locutor cuenta que un hombre ayer se dejó a su pequeño bebé metido en el coche seis horas en un parquing al aire libre. Cuando volvió se lo encontró asfixiado. Esta mañana han encontrado al hombre muerto, y no saben si se suicidó o lo mató su mujer. Miguel me pregunta que hubiera hecho yo si él se hubiera dejado a nuestro bebé en el coche. Yo le digo que eso a nosotros nos da igual porque no pienso tener hijos. ¿Por qué no? Me dice. Porque no quiero, me parece absurdo. Miguel bebe lentamente su café y mira a la pared. Una pared fea. Después se enciende un cigarro y el humo que expulsa contra la pared rebota y me pega en la cara. Por eso, le digo, porque fumas, porque bebes, porque no eres un padre. Me dice que le da igual y que ya no quiere hablar de esto. También me dice que ayer le hice daño. ¿Has tenido problemas? Sí, por eso se ha tirado tanto tiempo en el baño, porque tiene el culo destrozado. Le digo que lo siento. Miguel se termina el café de un trago y tira la colilla en la taza. Sabe perfectamente que hay pocas cosas que me duelan más que eso. Le oigo volver al baño. Tiene que estar exagerando. Me levanto y me acerco. Llamo a la puerta. He puesto el cerrojo ¿Por qué no me dejas pasar? Porque no quiero. Lo siento, no quería hacerte daño. La próxima vez lo pruebas con tu puta madre. Creo que está sufriendo de verdad. Me siento muy mal. Dejo caer mi culo en el suelo y apoyo mi espalda en la puerta.
- Hay veces que tú también me has hecho daño a mí.
- Quiero tener un hijo.
- Yo no.
- Pues entonces…
- ¿Entonces qué? ¿Te buscas a otro que lo quiera adoptar o lo adoptas tú solo?
- Lo adopto yo solo y luego me busco a alguien que lo quiera cuidar conmigo.
La voz de Miguel suena angustiosa metida dentro del baño. De pronto la puerta se abre un poco empujándome, Miguel lanza sus calzoncillos e inmediatamente vuelve a cerrar poniendo el cerrojo. Casi no me da tiempo a reaccionar. Cojo la prenda y la miro. Tiene pequeñas manchas de sangres, nada grave.
- No es para tanto.
- A lo mejor fumo demasiado pero yo nunca me dejaría a un bebé encerrado en un coche.
1 comentario:
Y me alegro de encontrar blogs como el tuyo.
Y... no te dediques a otra cosa porque yo me divierto contigo.
1beso¡
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