En el preciso instante en que pensaba en qué estaba haciendo mi madre tanto tiempo en la ducha, escuché un golpe fuerte que venía del baño. Con la puerta de mi habitación cerrada, me encontraba yo haciendo el amor con Marta, un acto que parecía interminable y que deseoso de terminar, cada vez se me hacía más tedioso. Marta no se había dado cuenta del golpe porque yo estaba respirando en su oreja, una técnica que me permitía escapar de su boca cuando era demasiado pesada y sacaba la lengua con demasiada grosería. Yo seguí encima de Marta esperando a que mi padre, que estaba en el salón, tomara cartas en el asunto. El caso es que mi hermano le había regalado por Navidad a mi padre unos cascos que aislaban del ruido, y cuando se los ponía no escuchaba nada que no fuera música. Nada de nada. Aunque le hablaras a dos metros, aunque le gritaras en sus propias narices. Si su lectura era suficientemente interesante como para no levantar la vista del libro, era imposible que se diera cuenta de nada, y estaba leyendo Historia de un Estado clandestino. Mi madre pasó seis días en el hospital. La mitad de la sangre de su cuerpo se escapó por el desagüe de la bañera. Yo tardé muchísimo en irme encima de Marta, algo no muy normal en mí, pero estaba pensando en otras cosas, y aunque seguía dentro de ella porque ya casi estoy amoldado a su interior, empecé a ablandarme y a no sentir nada. Discutiría sobre esto más tarde, pero la discusión no llegaría a ningún lado.
Como no llegó a ningún lado el texto que escribí el otro día cuando me desperté. Porque no era un relato. La noche se fundió en un recuerdo inconcreto. La publicación gratuita de mi asquerosidad más sucia. La chica no leyó el relato. Mis manos inocentes no llegaron a su alma. Mejor así. Recuerdo una frase. No valía mi imaginación trasnochada, ni el olor en las manos. Ni el consuelo de su culo, su huella en mis dedos. Y en una emboscada de sentimientos, me puse a imaginar su olor. Google censuró mis recuerdos haciendo que pensara un poquito en lo que estoy haciendo, que no es sano, ni es nada. Los protagonistas de la calle en mi vida privada tienen poco espacio, pintan muy poco. Y cuando trato de forzarlo se derriten a la fuerza. Las palabras coño, culo, etc… me salvan de un romanticismo muy poco en boga. A Julio le parece interesante que un texto sobre un pobre hombre que se niega a olvidar, quede condenado a la desaparición en la red, a la desaparición en todas partes. Yo lo había dado por perdido, y no pensaba recitar de memoria a nadie, ni volver a hablar con nadie sobre el asunto. Lo tenía muy asumido, había asumido el golpe certero de Google. Había asumido la desaparición de mi texto sobre esa noche. Mucho mejor, pensé. Mejor para ella y para mí. Pero sobre todo bueno para mí. Por eso esta mañana, cuando me he levantado y me he encontrado con que el relato había vuelto a aparecer, me lo he cargado yo solito, esta vez intencionadamente. Sin embargo, cosas que le contradicen a uno, lo he copiado y lo he guardado, por si acaso. No vaya a ser que…
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