jueves, 13 de marzo de 2008

UNFORGIVEN

Una vez conocí un hombre que vendía peras en medio de una calle concurrida de Packsonville. Para los que no lo sepan Packsonville es una ciudad de la costa este. Tiene calles bonitas, chicas guapas, y un whisky muy especial que nunca olvidaré. Ese hombre me llevó a su cuarto y me enseño una maleta con un montón de botones. Le pregunté de donde venían todos esos botones y me dijo que se los había robado a todos los amantes que había tenido. Me pareció sorprendente que hubiera tenido tantos amantes, porque la maleta era grande y los botones pequeños, y estaba a punto de rebosar. El hombre me miró a los ojos y sonrió. Entonces añadió la siguiente frase.

- Bueno en realidad no eran amantes. Son los botones de las braguetas de todos los hombres que he conseguido violar.

Hice un ademán para abrir la puerta que tenía detrás de mí pero el tipo fue más rápido que yo y me apuntó con un viejo Colt. Si gritas, me dijo, te mato. Si intentas huir, te mato. Si ofreces cualquier tipo de resistencia, te mato. Cuando yo te diga vas a bajarte los pantalones, a darte la vuelta y a inclinarte. Si no lo haces, te mato. Yo le dije que probablemente encontrarían el cadáver y le meterían en la cárcel. También le dije que por eso no tendría huevos de matarme. Me dijo que no vivía nadie más en el edificio, que era un antiguo bloque de apartamentos abandonados y que nadie oiría nada porque al lado de nuestra ventana pasaba una interestatal. Le creí, pero no quería bajarme los pantalones y darme la vuelta para que me penetrara. El tipo empezó a sudar y me gritó que me bajara los pantalones. Yo le dije que ya que me había dado a elegir entre morir o ser violado, me podría conceder algo de tiempo para pensarlo, y el tipo, que parecía disfrutar igual matando que violando, accedió y me dejó sentarme en una butaca. Me senté y empecé a pensar. El tipo me dijo que tenía cinco minutos. Cinco minutos para pensar una manera de salir de allí con el culo limpio y lleno de vida. Durante todo ese tiempo no dejó de mirarme a los ojos, con el revólver bien sujeto y una concentración absoluta. Cuando sólo quedaban dos minutos me dijo que otros ya lo habían intentado pero que era imposible escapar. Noté el sudor en su frente y que estaba empezando a ponerse nervioso. Mi vida por aquella época valía bastante poco, la verdad. No voy a engañar a nadie, ni a hacerme el valiente. Mi mujer y yo no nos queríamos, pero tampoco teníamos la fuerza suficiente como para separarnos. Mi hijo tenía diez y ocho años y se acababa de casar con una austriaca de treinta que se lo había llevado a Austria. En la facultad nadie me hacía caso porque mi última investigación, en la cual había trabajado más de diez años, había sido brillantemente rebatida por un niñato superdotado de cuarto de carrera en Standford. Había habido tiempos mejores, eso era indiscutible, y de repente me planteé la opción de morir antes que ser violado. Tenía cincuenta y ocho años y no me quedaba demasiada vida por delante. Creía y sigo creyendo que es mucho más honroso morir asesinado que pasarte los últimos quince años de tu vida recordando como un tipo feo, sucio y calvo, que vendía peras en Packsonville, me había violado en el cuartucho de un bloque de pisos abandonados. A todo esto yo fui con él allí porque me dijo que tenía una colección de cromos de Baseball acojonante que vendía por un precio muy razonable. Eso era mucho más humillante todavía. ¿Cómo podía habérselo contado a mi mujer? ¿Qué habrían hecho ustedes? Uno cree que es suficientemente maduro para no cometer errores, pero es más bien al revés. Cuanto más maduro eres los errores son más graves. Y el tipo me dijo que se había acabado el tiempo y yo le dije que me metiera una bala en el cerebro y el muy cabrón se quedó de piedra. ¿Cómo? Que me mates, que prefiero morir. El tipo se rascó la coronilla sudada con el cañón del revólver y me miró intensamente. Es imposible que prefieras perder la vida. Yo le dije que era perfectamente posible, y que si me iba a matar que lo hiciera ya. Nunca me sentí más fuerte y poderoso en toda mi vida. Me creía un héroe. Me parecía mucho más valiente que ir a la guerra. El tipo, con la cara empapada en sudor, se levantó y empezó a dar vueltas por la habitación. En un momento dado se giró y me apuntó decididamente a la cabeza, pero luego se arrepintió y siguió dando vueltas. ¿Me vas a matar? le pregunté. No, no puedo hacer eso, me contestó. ¿Me puedo ir? Sí, vete.

Cuando me levanté me paró con una mano y me preguntó si le podía dar los botones de mi bragueta. No lo dudé un instante, me los arranqué y se los di.

El resto de mi vida desde entonces ha sido mucho más placentera. Si ahora, con sesenta y ocho años, estoy enamorado de la vida a pesar de haber perdido un hijo y tener una mujer que sigue sin quererme, es gracias a ese tipo de Packsonville. Gracias, gracias a él, por ejercer de lona cuando me lancé al vacío.


Ya lo decía Bill Munny en Unforgiven, “It´s a hell of a thing killing a man”.

2 comentarios:

marta dijo...

me ha encantado muchísimo Polo
=)

Eduard Raban dijo...

Espero que no te importe que te linkee. No es tanto una violacion como una... bueno, en cierto sentido sí es una violación. Sientete legitimado para devolvermela.

http://serelenemigo.episkaia.org/?p=162