Raquel buscaba un hombre sincero. Yo le voy a poner nombre
de mujer española. Empezamos mal Raquel. Empezamos con una mentira.
Siente que las palabras caducan en los sobres, por eso las
pongo en una pantalla, por eso y porque en el día a día cada vez soy más torpe
con mis manos, escribiendo, con mi mala letra, y tocándote, con mi falta de
práctica. Pero me guarda un lugar en el universo equivocado de la inmadurez,
donde a veces es correcto refugiarse y buscar excusas. La historia de Raquel es
muy sencilla. Te prometo que no miento más. Raquel y no más.
Con diez y ocho años
hizo el amor por primera vez con un tipo que luego se acostó con su hermana y
ella se lo perdonó. Todo esto me lo contó mientras yo esperaba a que me contara
más cosas. Deseando que no se fuera de un colchón que estaba a punto de
compartir con otra mujer. Lo siento Raquel, no debería prometer nada. Pero
mirándolo de otra forma, es el inicio de un relato corto. El dolor puede y debe
durar poco. En el fondo de un corazón con complejo de autoría, te diré: esa
mujer podía haber muerto para mí, con su belleza y su noble parecer ante la
vida. Pero a menudo compartimos los colchones con quien podemos, no con quien
queremos. A veces son cuerpos muertos que dormitan como elefantes enfermos. Su
peso nos inclina hacia el insomnio, es imposible que sean nuestros compañeros.
Pero por la noche ahí están, ofreciéndonos lo que tienen, que a veces es una
torpe sensación de lujuria. Somos actores de nuestros actos de
autocomplacencia, pero se nos da bien. No, a ti no, no sabes mentir. No eres
como yo.
Raquel me contó que su hermana llegó borracha a las doce y
media de la noche. No era España, recuerdo, hay que imaginarse otro país. Su
hermana llegó borracha y Raquel no sabía de dónde. Había venido a pasar unos
días a su casa y de repente, a las nueve, ya no estaba. La típica hermana que
es más mayor, que viene a pasar unos días de vez en cuando al núcleo familiar y
cuenta cosas de lo que ocurre fuera, dibujando la vida exterior y valiente que
una adolescente todavía no sabe que no quiere vivir. Pero esa vez la hermana
viene a la casa, pasa un par de horas y se marcha. Bueno, Raquel piensa que
volverá pronto, que vendrá y hablará con ella, y hablará de otros hombres. Pero
vuelve borracha, como he dicho, y lo primero que hace es sentarse en su cama y
cerrar los ojos. Raquel entra en su habitación y se sienta a su lado. La mira.
Venga, piensa Raquel, abre la boca, habla, habla por favor, hermana, mi
hermana, cuéntame cosas. Y la hermana abre la boca, poco a poco, y de pronto
emite un sonido, un sonido débil, como una música, como una música que llevara
un tiempo sonando en su cabeza, como recordando un lugar donde probablemente
sonaba.
He besado su cuerpo, sus axilas, y su boca, sus manos y
sus pies. Nos hemos divertido porque pensaba que yo no era capaz de sentarme en
su barriga y masturbarme con su ombligo. Pero lo he hecho, y hemos descubierto
que a diez centímetros de su pene la vida puede ser más divertida si la
penetración se convierte en un juego de penetración imposible. Y ahí estaba yo,
encima de su oso, que abría la boca, sus fauces, en el centro de su ombligo, y
yo abierta sobre ellas, babeando el tatuaje. Babeando el tatuaje del oso, pensó
Raquel. Intentó descifrar. Tatuaje de oso, tatuaje de un oso que abre la boca y
es el ombligo. Mi hermana había estado sentada encima de ese ombligo, y yo que
pensaba, me dijo, y yo que pensaba que solo podía mirarlo. Que no había para
ese oso otra función que la decorativa. Pero mi hermana sintió las fauces de ese
oso en sus entrañas.
Adiviné lo que quería decir Raquel a la primera de cambio.
La historia del oso y todo eso. Tú buscas un hombre sincero y yo busco una
mujer como tú, que sea capaz de decir las cosas aunque les cueste una mentira,
una historia inventada. Tu oso es una mano que busca otra forma de tocarte
mientras el cielo se cubre de humo gris y materia pornográfica inservible y
poco práctica. Que sí, que yo me alimento de ella, pero no es para estar aquí.
Probablemente lo que haga falta sea que no te vayas tú de ese colchón, que la
echemos a ella y nos sentemos desnudos frente a una verdad que puede ser
curiosa. La verdad del aprendizaje. Yo me siento sobre tu rostro, o tú sobre el
mío, a diez centímetros de tu sexo, o a veinte centímetros de la penetración
imposible. En un lugar donde haya una pausa técnica, una concentración de
incapacidad, un aprendizaje infinito, un orgasmo elástico e indisoluble. Que se
vaya del colchón Raquel, que se vaya y te cambio de nombre.

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