Una camiseta blanca con un mono
dibujado. Cortada desde las axilas hasta casi la cintura. Abierta para que
pueda ver lo que hay debajo, casi como escurriéndose a la vista. Algo que se
mueve bajo la tela y que quiero y no quiero ver. Aquí estoy yo, con el sol, la
casa sucia y desornada, el viento que entra por la ventana, el sonido de algún
autobús y una pared blanca con un pequeño dibujo colgado con chinchetas en una
posición en la que a lo mejor no debería estar.
Aspiro profundamente. Huele a café
y a una cocina que lleva un tiempo sin limpiarse. Mi culo desnudo se apoya
sobre la funda roída de un sofá antiguo. Echo un vistazo a la parte derecha del
sofá, que se ha separado veinte centímetros de la pared. Y la mesa que hay
delante del sofá, que no está en su sitio. ¿Pero tuvo su sitio alguna vez? Hay
un cenicero lleno hasta arriba sobre esa mesa, y un paquete de tabaco que abro
y uso para liarme un cigarro. Me lo enciendo. Si lo viera Laura, pienso. Si lo
viera ella ese cenicero no duraría ni un segundo sobre la mesa. Tengo los pies
fríos por el suelo de baldosa. Suelo de hospital para una casa que es de todo
menos hospitalaria. Ella vuelve con un par de tazas que tienen toda la pinta de
haber sido recicladas sin lavarse primero, pero cojo la mía y la apoyo en los
labios. Intento olerlo todo, porque cada olor es nuevo para mi. Ella se sienta
a mi lado y no dice nada. ¿Dónde ha quedado nuestra intimidad? Escondida debajo
de esa camiseta que lo enseña todo y no enseña nada. No tengo exactamente a
dónde volver, aunque hoy sea miércoles. No tengo exactamente nada qué hacer.
Creo que ella tampoco. Vaya par de idiotas. Cierro los ojos y me imagino a
Laura en la oficina. Haciendo cosas de provecho, como llamar a clientes, o
aconsejar a algún inversor donde poner su dinero. La miro a ella. Pero qué coño
vamos a hacer tú y yo más que morirnos de hambre. No, ella tampoco es la
solución. El problema es que Laura ya no es nada para mí. Después de tantos
años, es curioso. Aquí estoy. Sentado, aburrido, pero tranquilo. Y cada olor me
corresponde porque pertenece al momento. Son nuevos, son susceptibles de
registro, de análisis y de reconocimiento. Así que dejo el café encima de la
mesa y trato de percibir la temperatura ambiente. Es buena. No hace calor pero
tampoco frío. La verdad es que el sol inunda la habitación, es una casa
luminosa. Las paredes vacías ayudan a que todo se llene de blanco. Miro sus
piernas para comprobar si ella siente lo mismo que yo. Su piel desnuda no
muestra síntomas de tener frío, así que la miro a los ojos, porque no puedo
hacer otra cosa. Eres la primera mujer que beso después de cuatro con Laura,
pero no se lo digo. Creo que ella me entiende. Lo de ayer fue raro, no sabía
como tocarla, no sabíamos lo que queríamos. Le pido un reconocimiento, sin
pedírselo. Le levanto la camiseta del mono y la observo desnuda. Ella se ríe.
Lleva unas bragas blancas que le quedan grandes, no sé si por el uso o por que
a lo mejor no son suyas. Empujo un poco más la mesa para hacerme hueco y me
arrodillo en el suelo, frente a ella. No sé si esto le parecerá raro, voy a
esperar a ver si dice algo. Apoyo mi cabeza sobre sus piernas y empiezo a oler.
Huelo sus rodillas, sus gemelos, sus pies, sus muslos. Meto mi nariz entre sus
piernas, y eso le debe parecer bien, porque las abre. Le quito las bragas y
huelo su ombligo. Dejo que el olor que sube entre sus piernas tarde en llegar a
mi cara y miro sus pechos. El sol ilumina directo su pecho derecho, que hace
sombra sobre el izquierdo. En los pezones se dibujan dos arcos de luz. Huelo su
cuello, que todavía huele a mi saliva, y la invito a abrir la boca abriendo yo
la mía, pero no la beso, sino que meto mi nariz en ella y huele a café y a
saliva. Ella me chupa la cara como si estuviera acostumbrada a hacerlo, y eso
me recuerda que estoy en un lugar muy distinto.
Su pelo grasiento se revuelve entre
mis manos, que luego me llevo a la nariz, para compararlas con lo que vendrá
después. Ella es una mujer que nunca podrá formar parte de mi vida como lo hizo
Laura. No bajaremos al parque con mi sobrino Héctor. No compraremos tomates ni
nos pelearemos por quién hace las ensaladas. No disfrutaré escuchando a su
abuelo, ni trataré de entender a su madre, para entenderla a ella. No
viajaremos juntos con billetes pagados por su padre, que trabaja en Iberia, ni
ahorraremos juntos para cambiar la lavadora, porque la que tenemos no lava
bien. No cenaremos juntos, en silencio, o escuchando de cada uno alguna
anécdota banal. Nunca le preguntaré qué ha hecho, o de dónde viene. No querré
saber cuántos hombres han pasado por esta habitación luminosa. Ella es una
mujer que ocupa el tiempo justo, como ese pequeño dibujo, clavado con
chinchetas, ocupa el espacio justo. Nunca abrirá hueco para nada más, pero el
sol ilumina su cuerpo esta mañana y yo estoy delante. Y su olor, un olor sucio
y sexual, me penetra hasta las entrañas como recordándome… en realidad quieres
estar solo por esto.

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