martes, 1 de abril de 2014

El sentido perfecto para mi



Una camiseta blanca con un mono dibujado. Cortada desde las axilas hasta casi la cintura. Abierta para que pueda ver lo que hay debajo, casi como escurriéndose a la vista. Algo que se mueve bajo la tela y que quiero y no quiero ver. Aquí estoy yo, con el sol, la casa sucia y desornada, el viento que entra por la ventana, el sonido de algún autobús y una pared blanca con un pequeño dibujo colgado con chinchetas en una posición en la que a lo mejor no debería estar.
Aspiro profundamente. Huele a café y a una cocina que lleva un tiempo sin limpiarse. Mi culo desnudo se apoya sobre la funda roída de un sofá antiguo. Echo un vistazo a la parte derecha del sofá, que se ha separado veinte centímetros de la pared. Y la mesa que hay delante del sofá, que no está en su sitio. ¿Pero tuvo su sitio alguna vez? Hay un cenicero lleno hasta arriba sobre esa mesa, y un paquete de tabaco que abro y uso para liarme un cigarro. Me lo enciendo. Si lo viera Laura, pienso. Si lo viera ella ese cenicero no duraría ni un segundo sobre la mesa. Tengo los pies fríos por el suelo de baldosa. Suelo de hospital para una casa que es de todo menos hospitalaria. Ella vuelve con un par de tazas que tienen toda la pinta de haber sido recicladas sin lavarse primero, pero cojo la mía y la apoyo en los labios. Intento olerlo todo, porque cada olor es nuevo para mi. Ella se sienta a mi lado y no dice nada. ¿Dónde ha quedado nuestra intimidad? Escondida debajo de esa camiseta que lo enseña todo y no enseña nada. No tengo exactamente a dónde volver, aunque hoy sea miércoles. No tengo exactamente nada qué hacer. Creo que ella tampoco. Vaya par de idiotas. Cierro los ojos y me imagino a Laura en la oficina. Haciendo cosas de provecho, como llamar a clientes, o aconsejar a algún inversor donde poner su dinero. La miro a ella. Pero qué coño vamos a hacer tú y yo más que morirnos de hambre. No, ella tampoco es la solución. El problema es que Laura ya no es nada para mí. Después de tantos años, es curioso. Aquí estoy. Sentado, aburrido, pero tranquilo. Y cada olor me corresponde porque pertenece al momento. Son nuevos, son susceptibles de registro, de análisis y de reconocimiento. Así que dejo el café encima de la mesa y trato de percibir la temperatura ambiente. Es buena. No hace calor pero tampoco frío. La verdad es que el sol inunda la habitación, es una casa luminosa. Las paredes vacías ayudan a que todo se llene de blanco. Miro sus piernas para comprobar si ella siente lo mismo que yo. Su piel desnuda no muestra síntomas de tener frío, así que la miro a los ojos, porque no puedo hacer otra cosa. Eres la primera mujer que beso después de cuatro con Laura, pero no se lo digo. Creo que ella me entiende. Lo de ayer fue raro, no sabía como tocarla, no sabíamos lo que queríamos. Le pido un reconocimiento, sin pedírselo. Le levanto la camiseta del mono y la observo desnuda. Ella se ríe. Lleva unas bragas blancas que le quedan grandes, no sé si por el uso o por que a lo mejor no son suyas. Empujo un poco más la mesa para hacerme hueco y me arrodillo en el suelo, frente a ella. No sé si esto le parecerá raro, voy a esperar a ver si dice algo. Apoyo mi cabeza sobre sus piernas y empiezo a oler. Huelo sus rodillas, sus gemelos, sus pies, sus muslos. Meto mi nariz entre sus piernas, y eso le debe parecer bien, porque las abre. Le quito las bragas y huelo su ombligo. Dejo que el olor que sube entre sus piernas tarde en llegar a mi cara y miro sus pechos. El sol ilumina directo su pecho derecho, que hace sombra sobre el izquierdo. En los pezones se dibujan dos arcos de luz. Huelo su cuello, que todavía huele a mi saliva, y la invito a abrir la boca abriendo yo la mía, pero no la beso, sino que meto mi nariz en ella y huele a café y a saliva. Ella me chupa la cara como si estuviera acostumbrada a hacerlo, y eso me recuerda que estoy en un lugar muy distinto.

Su pelo grasiento se revuelve entre mis manos, que luego me llevo a la nariz, para compararlas con lo que vendrá después. Ella es una mujer que nunca podrá formar parte de mi vida como lo hizo Laura. No bajaremos al parque con mi sobrino Héctor. No compraremos tomates ni nos pelearemos por quién hace las ensaladas. No disfrutaré escuchando a su abuelo, ni trataré de entender a su madre, para entenderla a ella. No viajaremos juntos con billetes pagados por su padre, que trabaja en Iberia, ni ahorraremos juntos para cambiar la lavadora, porque la que tenemos no lava bien. No cenaremos juntos, en silencio, o escuchando de cada uno alguna anécdota banal. Nunca le preguntaré qué ha hecho, o de dónde viene. No querré saber cuántos hombres han pasado por esta habitación luminosa. Ella es una mujer que ocupa el tiempo justo, como ese pequeño dibujo, clavado con chinchetas, ocupa el espacio justo. Nunca abrirá hueco para nada más, pero el sol ilumina su cuerpo esta mañana y yo estoy delante. Y su olor, un olor sucio y sexual, me penetra hasta las entrañas como recordándome… en realidad quieres estar solo por esto.

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