miércoles, 10 de agosto de 2011

Su admiración por la suciedad. Primera parte.


Qué bonito cuando se le ocurrían historias. Historias como la de la chica que susurraba al oído del ciego, o la del hombre que quería ahogarse en el mar y siempre salía a flote. Algunas eran divertidas como la de la mujer que se comía un helado, y luego otro, y luego otro, y luego se congelaba y se convertía en una estatua. Tenía a su lado una mujer de veinti pocos años. Le colgaban las tetas con firmeza. Eran pequeñas. Estaba desnuda. Olía a pocos polvos, a pocos hombres. En su mirada se hacía la interesante. Yo he follado mucho decía en su mirada. Él quería que ella creyera que sí, que había follado mucho. Él quería que ella creyera que cada hombre al que se la había chupado era como un enemigo para él. Que a él le importaba. Cuéntame un cuento, le dijo ella. Cuéntame un cuento. Él tenía sueño, tenía un sueño tremendo. No podía pensar. Había contado antes muchas historias. Historias porno mientras masturbaba a sus amantes, historias de amor mientras amaba, historias de duendes y hadas mientras dormía a sus hijos, historias de la vida misma mientras engañaba a sus mujeres, historias de mierda a sus amigos mientras se emborrachaba. Esta noche no. La del príncipe no. La del gato no. La del negro que se ahogaba en el río tampoco. Cuéntame una historia. Voy a hacerme el dormido, pensó. Ella le meneó, él no se movió. Ella se dio la vuelta. Mejor, que se enfade. Que se joda la niña. Mañana se le pasa.

Pero al día siguiente no se le pasó. Ella ya estaba despierta cuando él abrió los ojos. Se había ido a correr. Le pareció una provocación porque él estaba viejo. Él no podía correr. No hagas gala de tu juventud, haz gala de mi juventud, le decía a ella. Bajó desnudo a la cocina y se sentó a esperarla. Cuando ella llegó de correr sucia él hizo un amago de asaltarla. Ella le miró con esos ojos de alarma exagerada que vienen a decir algo así como ni de coña. Él retrocedió y se fue a regar, todavía desnudo. Ella se duchó y se marchó al campo. Le dijo que se iba a dar un paseo. Él se tumbó al sol y se puso a escuchar la cuarta sinfonía de Schumann. Cuando ella volviera y le viera desnudo, escuchando a Schumann, pensaría que es viejo pero es intelectual, es profundo. Trasciende el deporte, trasciende lo físico, trasciende la vida porque está más cerca de la muerte.

Pero ella no vino a comer y él se sentó en su estudio muy desesperado. No podía llamarla porque no había cobertura fuera, y aunque la hubiera, eso no era digno de un hombre de su edad. Llamar al móvil, no. Él no la quería, no quería quererla. Para él era una más, una de tantas, y sabía que eso es lo que la ataba a ella. Él se sentó a esperar en su estudio. En silencio. No sabía qué música escuchar, no sabía qué libro leer. Deseaba saber de ella como había deseado saber de la vida de su propia hija, o incluso más, porque realmente ahora él no sabía donde estaba su hija y le daba igual. Esperó media hora y se le hizo inmensa, se le hizo eterna, y trató de entender qué había podido separarle de ella, y trató de acordarse de algún detalle. Algún detalle como por ejemplo el cuento. El cuento. Era el cuento. Él no había querido contarle un cuento a ella. Él se había durmido. A él no le había importado que ella se enfadara. Pero qué estúpido. Pero qué hijo de puta. Era culpa suya. Claro que era culpa suya. Ahora era estará follándose a algún cerdo del pueblo como venganza, pues claro que sí, actuando impulsivamente como los jóvenes, como los cerdos, menuda puta. Se levantó de la silla y se volvió a sentar. Se quitó la camisa porque tenía calor y su tripa se acostó sobre sus piernas. Cómo puede chupármela a mí, pensó, cómo puede hacerlo…

De pronto se le pasó el enfado. Se relajó. Miró por la ventana. Ella estaba siendo joven. Estaba pensando en la vida. Estaba aprovechando. Para ella era un momento especial. Estaba teniendo una aventura con un hombre que le sacaba más de treinta años. Estaba lejos de su familia, de sus amigos, nadie sabía donde estaba. Nadie lo hubiera aprobado. Estaba pensando. Era bueno que pensara. La juventud no pensaba. No digas eso, viejo. La juventud piensa, claro que piensa. Están en Sol pensando. Bueno, no están pensando mucho pero están en Sol. Ella no estaba en Sol. ¿Por qué no estaba en Sol? ¿Por estar con él? Él no tenía mucho tiempo. Ella no podía desperdiciar el tiempo que él podía dedicarle. Por lo tanto, le quería, algo le quería, le quería por encima de la revolución. Despacio, no pienses tanto. Actúa.

El remedio era muy sencillo. Cogió una hoja y un boli. Hacía años que no lo hacía con este propósito. Intentó recordar una vieja norma. Nunca introduzcas el cuento. El cuento empieza como la vida misma, sin introducción.

Cuando terminó se sintió con fuerzas. Se sintió vivo. Pasó a limpio el cuento con letra clara y lo dobló una sola vez. Subió al dormitorio y lo escondió.

Ella volvió tarde. Estaba contenta, radiante. Decía que había descubierto un pueblo abandonado. Un pueblo viejo sumergido en la maleza del bosque. Un pueblo pequeño, apenas se mantienen en pie la iglesia y un par de casas. Él le contó la historia de ese pueblo y a ella le gustó. Ella le escuchaba. Se sentaron en el patio y él la observó a ella. Si había llegado hasta ese pueblo es porque había andado mucho. Había querido andar sola, había querido ir sola a algún lado, sentir que podía descubrir algo ella sola. Ella llevaba tres días escuchándole a él, aprendiendo de él. Era perfectamente comprensible. Toda explicación racional se desvanecía en el sudor de su frente, en la suciedad de su pelo, en sus manos duras, en alguna pequeña herida de sus piernas, en la humedad de sus pies que acaba de liberar del calcetín y la bota. Ella estaba sentada con pantalones cortos en la silla, las rodillas bien dobladas, el cuerpo echado hacia delante, con postura de hombre, con postura de mujer cómoda, de mujer libre. Ella le contó alguna que otra peripecia. Un corzo decía que había visto. Bien. Tengo una sorpresa para ti, le dijo él. ¿Una sorpresa? Sí. En la habitación. Me ducho y subimos. No, no te duchas, subimos. No, me ducho que estoy sucia. Si te duchas pierde todo el encanto. Ella suspiró resignada. La suciedad era algo que le ponía a él y no a ella, pero bien, adelante, al fin y al cabo era su propia suciedad. A él le importaba una mierda lo que ella pensase. Era su momento y subieron tal cual.


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