Marta tenía un jardín pequeño lleno de flores blancas. Algunas tardes ella y Lucía se juntaban y se sentaban en el jardín. Se sentaban sobre sus faldas y hablaban de sus sueños. Hablaban de buscar un hombre que les abrazara. Un hombre que oliera a camisa limpia por las mañanas y a camisa sucia por las noches. Un hombre con las manos grandes y duras que pudiera levantar muebles, que pudiera abrazar a sus hijos y sentir que estaban a salvo. Marta y Lucía soñaban tanto con ese hombre que han venido a verme. Yo vivo en un apartamento muy pequeño. Es un lugar sin mucha decoración. Tengo muy pocos libros porque cuando mi madre murió y me pude por fin marchar de casa dejé casi todo lo que tenía allí. Me marché corriendo. Marta y Lucía siempre que vienen a casa se sienten un poco vacías. Ellas están acostumbradas a las flores blancas de la casa de Marta y desean color. No hay color en mi casa. Pero ellas quieren un hombre. Yo soy un hombre. Marta y Lucía hablan conmigo. Me preguntan si sería capaz de acostumbrarme a alguna de las dos. Ninguno de los tres somos perfectos, argumentan. No somos excesivamente guapos, ni excesivamente listos. No somos excesivamente creativos y la gente no disfruta excesivamente de nuestra conversación. Sólo queremos disfrutar del placer de llegar y sentirnos mutuamente por la noche, escucharnos, olernos, tocarnos, hacer ocasionalmente el amor sin ningún tipo de presión. ¿Qué te parece? A mí me parece bien, les respondo. La verdad es que estoy un poco solo yo también. Necesito que me acaricien, necesito poder llamar a alguien, sentir que alguien al otro lado del teléfono se alegra de escuchar mi voz. Necesito que alguien se preocupe por saber dónde estoy, que alguien me busque, que alguien se sienta más seguro cuando sepa que estoy a salvo. Alguien con quien ocupar el típico plan de viernes. Perfecto, me dice Marta, elige entonces. Marta y Lucía me miran esperando que elija. Marta tiene unos pechos bastante grandes pero por otro lado su sonrisa es más estúpida que la de Lucía. Lucía es un poquito más inteligente que Marta pero Marta vive la vida con más intensidad. Mi experiencia me recuerda que las mujeres muy inteligentes chocan con mi personalidad pero sin embargo Lucía tampoco es tan inteligente. Decido cerrar los ojos durante dos segundos. Las dos están sentadas muy juntas en un sofá que hay colocado justo enfrente de donde estoy yo. Cierro los ojos dos segundos y decido que la primera que vea cuando los vuelva a abrir será mi nueva compañera sentimental. Abro los ojos y veo a Marta. Tú Marta. Te elijo a ti. Lucía se alegra, nos da dos besos y se marcha. Hago la maleta y me marcho con Marta. Tampoco llevo demasiadas cosas. Al llegar a casa me fijo en las flores blancas. Bueno, puedo vivir con eso.
Han pasado unos meses y no puedo evitar desear a Lucía cuando viene a casa y habla con Marta sentada sobre las flores del jardín. Ellas hablan sobre lo felices que serían si tuvieran más libertad. Sobre la frescura de la vida cuando te enfrentas a ella y sólo te tienes a ti mismo. A mí esa libertad no me preocupa. Pero quiero follarme a Lucía con todas mis fuerzas.
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