El blanco de las sábanas. Qué blanco de las sábanas si no son blancas. No las han puesto. Ni hay sangre, ni luz que valga. El whisky cura las heridas de los labios. Pero ¿de qué labios? ¿Para qué sirven? Si en mi coche las princesas no tuvieran zapatos no tendrían que ir a ninguna lado, no se bajarían en mitad de la calle para volver a sus casas. Se vendrían conmigo, pero a dónde, si tengo ogros en casa, pero no son ogros. Son paternales. Me quieren. Hay comida en la nevera. ¿Para quién? Yo quiero hielos, y a solas.
¿Me tocas?
No.
¿Te toco?
No.
¿Te beso?
No.
¿Me besas?
Ni de coña.
No importa. Te jodes. Tengo la mano en la polla.
No.
Sí. No puedes verme. Mi intimidad es más fuerte. Ya estoy dentro de ti.
No.
Ya estoy detrás de tu oreja. Ya estoy en tus ojos. Ya estoy en tu frente. Puedo sentir hasta lo que tú sientes. Soy yo dentro de ti.
No.
Tengo en mis manos tus piernas, tus pies, puedo ser mi lengua, puedo recorrerte. La abstracción es un mundo. Es mi herramienta, mi cámara. Mi lengua es mi cámara.
Cuéntame una historia hijo de puta.
Había una vez un hombre en un país dictatorial que se dedicaba a matar a los rebeldes y revolucionarios dentro de un grupo de francotiradores pagados por el gobierno. El hombre era un tirador perfecto, y los asesinatos de estado se retransmitían por televisión en un programa que se llamaba “Atrapa al ladrón”. El programa lo echában en hora punta y casi todo el país lo veía. No veían al francotirador, sólo al rebelde asesinado. El problema vino cuando tras varios años, ese programa dejó de causar efecto. La gente se acostumbró a ver los asesinatos, y ese rostro oscuro que mataba desde un lugar inconcreto, ya no daba tanto miedo. Era como la muerte misma, una incógnita. Algo contra lo que los propios rebeldes sabían que se enfretában desde que nacían. Un enemigo inexacto, una metáfora de enemigo. La estrategia se murió, pero sobre todo, se murió la audiencia. “Atrapa a un ladrón” ya no tenía tanta audiencia como tenía antes y los grandes jefes se dieron cuenta de que había que darle una vuelta al programa. Los asesinos dejarían sus rifles y sus mirillas, saldrían a la calle, y dispararían en la cabeza a los objetivos del gobierno. Bien, mucho más impactante. El programa se anunció y todo el país encendió el televisor. Nuestro querido amigo, nuestro prota, salió en pantalla, en primer plano, apuntando en mitad de la calle al objetivo en cuestión, y mató friamente disparando en la cabeza. Sólo que esta vez no fue en la sombra, ni de lejos, fue cerca. Cerca de todo un país. Te puedes imaginar. A partir de entonces sus vecinos descubrieron su profesión y nadie quería ser su amigo. Su familia sólo pretendía delante de él, y cuando entraba en un bar, todo el mundo se marchaba y se quedában sólo él y sus amigos. Pero sólo es mi profesión, pensaba, es mi pan. Y sus amigos se fueron marchando, porque querían estar en bares llenos de gente, y nuestro protagonista fue perdiéndolo todo hasta que se volvió loco y se quedó solo de verdad.
¿Y qué?
Puso una bomba en el plató de “Atrapa a un ladrón”, mató a todo el equipo que hacía el programa, y después se suicidó.
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