Hay palabras que matan. Y lo peor es no saber qué hay al otro lado de la pared, o del cráneo del otro. Pero creo que a veces es importante quitarle un poco de importancia a todo. Yo sé cuál es la única forma de consumir felicidad. Necesito pensar algo así.
Yo sé cómo consumir felicidad. Así empiezan las novelas de los tontos, de los creídos y de otra gentuza que aún no me conoce, y que cuando me conozca, temblará.
Cuando salí del bar pensé que la había encontrado más guapa que nunca. Tenía el pelo negro, aunque apenas tocaba sus hombros. Tenía los ojos grandes, como si me quisiera comer a mí y al resto del mundo. Sólo la fantasía podía fantasear con su olor, con sus ojos, con su mirada. Y el resto de los tópicos silenciosos que recorren asiduamente la mente de los hombres sensibles. Quizá lo más desconcertante de todo era su excentricidad y su forma de ver el mundo, como si fuera una eterna compañera de lo absurdo, de lo irreal. Y yo sé que podían pasar las tardes enteras, y que no perdería color el invierno, ni se borraría con el calor la pasión en verano. La nitidez era imprescindible, y sus ojos se camuflaban bajo dos lentillas que lo veían todo, e incluso el más allá. Donde yo me encontraba, era difícil moverse. Una voz que no era rota pero que mataba el alma como si lo fuera. Y yo no podía hacer nada. Qué podía hacer yo. Cuando salí del bar las explicaciones eran bastante tontas. La sensación tan dulce que parecía de mentira, y mis ganas de mover los dedos ridículas, porque nunca se me han dado bien los adjetivos. Recuerdo cuando era pequeño y escuchaba I love you Porgy en un viejo discman de mis padres. Volvía del colegio y lo escuchaba, y veía el mundo de otra forma. Con el paso de los años, creo que ya no es necesaria la música para ver el mundo de otra forma. Pesan más otras cosas, aunque sean indigestan y nos proporcionen momentos difíciles como este. Que hagan que tenga que escribir un poco más, que no me contente con un párrafo y una foto. Cuando te han desnudado ya estás perdido. Si has perdido tu desnudo te han clavado bien fuerte, hasta dentro. Una puñalada mortal que cantaba Sabina, Aute, y otros tantos que se cagaban en los pantalones cuando hablaban de amor. Y decían eso de puedo ponerme cursi poniéndose cursi. Yo tengo recuerdos de antes. De canciones blandas, que se diluyen en la memoria y que cuando las vuelves a escuchar ya no valen nada. Pero he salido del bar, mejor dicho, he vuelto a salir del bar, y he vuelto a escuchar I love you Porgy, y la suma de ambas sensaciones han hecho que el mundo de otra vuelta, que tiemble, que me resienta, joder. No es día de romanticismos porque se ha estrellado un avión. Pero nosotros, como estamos al margen, gracias a Dios o la suerte, somos libres de perdernos. Y yo soy libre de volver a salir del bar, coger el metro hasta Pacífico en vez de coger el autobús, y recordar hoy, que sí, que gracias a ese bar, yo soy distinto.

1 comentario:
Me ha gustado mucho este texto, si señor
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