domingo, 1 de junio de 2008

CINEPAD 6000


Tiene el tamaño de un toro y se llama arrogancia. La necesito. Cuando veo, cuando escucho, cuando me pongo delante de las personas. Para escupir, para sangrar, para no ser como los demás, para levantarme en un podio de oro y ponerme una medalla. Para dejar de escuchar las ovaciones y sentirme menos afortunado.

Es una casa grande, un típico chalet bonito y bien decorado en medio del campo. Hay una piscina y un jardín, y miedo a que alguien entre te robe y te viole. Si rodaran una película en la piscina, de noche, el jardín se llenaría de grandes focos. Cinepads de seis mil y tres mil reflejados en banderas blancas gigantes. El jardín de noche sería amarillo y el cielo negro, más negro que nunca. Y si no hubiera nadie y sólo quedaran los focos sería enigmático, pero estamos solos, ella y yo. Sin focos, sin película, sin cielo negro. El cielo es negro pero está estrellado, como en las poesías de Neruda pero sin tanto amor. Somos dos jóvenes que creemos en el amor podrido. Ella y yo. Dos jóvenes que hemos construido nuestra felicidad en fútiles inventos como la pantalla plana o el anillo vibrador.

- Pon una peli.

- ¿Qué peli?

- No sé. Una que no haya que pensar.

- ¿Cuál hay ahí?

- Míralo tú.

Y debajo de la tele gigante plana hay un montón de DVD´s apilados. Ofertas. Clásicos irresistibles. Río bravo. No. ¿Por qué? Oeste. Uy no. Claro que no, por eso te lo decía. Y seguimos mirando. La novena puerta. ¿De quién es? Sale Johnny Depp. Venga ponla. Y es de Roman Polansky. ¿El del pianista? Ponla.

Nos quedamos dormidos.

Me levanto y voy al baño. La televisión se ha apagado sola y no se ve nada. Cuando enciendo la luz del baño ilumino parte del pasillo. Bonito sí. Podría hacer un corto y poner algo así. Una luz que atraviese el baño e ilumine parte del pasillo. Quedaría bien. Es interesante. Podría apuntarlo en mi moleskine. Cuando apago la luz del baño oscuridad total. Se me ocurre la brillante idea de asustarla. La casa es de ella, de sus padres. Siempre me dijo que le había dado miedo. Y más de noche. Puedo esconderme detrás del sofá y esperar a que se despierte. Cuando abra los ojos y quiera irse a dormir a la habitación no me encontrará y se pondrá nerviosa. Empezará a dar vueltas. Puedo apagar los plomos para que no pueda encender ninguna luz. Apago los plomos, me coloco detrás del sofá. Espero. No ocurre nada. Espero diez minutos, no se despierta. Empujo el sofá un poquito, a ver si vuelve en sí. Nada. Empiezo a hacer ruidos oscuros, muy meditados y calibrados para que no parezcan una farsa. Cada vez los hago más altos. No ocurre nada. La chica no se despierta. Hija de puta. Duerme como un puto elefante. Cansado de esperar (ha pasado media hora) le doy una hostia al sofá y la chica cae al suelo como si fuera un plomo. Me levanto. Me acerco a su cuerpo tirado en el suelo. La zarandeo. Lucía. Lucía. Lucía. ¡Lucía, Lucía, Lucía! Nada. Estoy nervioso. Fijo que me está devolviendo la broma. Se ha dado cuenta de lo que iba a hacer y me está devolviendo la broma. La única luz que ilumina la habitación es la del brillo rojo del pequeño piloto de Stand by de la tele. Lucía acepto la derrota. Estoy acojonado. Abre los ojos. Y Lucía no abre los ojos. No puedo encender las luces, los plomos están apagados. Tengo miedo. Muchísimo miedo. Ella no hace ningún ruido. Si acerco mi oreja a su corazón y es una broma quedaré como el más tonto del mundo. Pero tengo miedo. Tengo que hacerlo. Acerco mi oreja a su corazón y escucho. No se oye nada, nada. No palpita. No puede ser. La levanto y la pongo en el sofá, y pesa muchísimo. Acerco mi oreja de nuevo. Nada. Aprieto mis dedos en su cuello, buscando el pulso. Está fría. Le abro los ojos. Nada. Te voy a escupir en la boca si no terminas con esta broma ya. Apoyo todo su cuerpo en el sofá haciendo un gran esfuerzo y e inclino mi cabeza frente a la suya. La abro la boca. No respira. Tiene que respirar. Sus pulmones no se mueven. Es mentira, es mentira. Lucía te voy a escupir en la boca. Hago un esfuerzo y saco de mis pulmones enfermos un moco verde y pastoso. A duras penas, gangoso, le digo que le voy a escupir una flema verde del tamaño de una pera en su boca. Lucía no responde. Escupo la flema verde que cae en su boca, resbala por su lengua y se pierde en su garganta. Lucía está muerta. Ni un solo gesto, nada.

Han pasado las horas. Tengo tanto miedo y estoy tan perdido que no puedo levantarme a poner los fusiles. Tengo que esperar. Muerto de miedo, muerto de ella, muerto de todo. Me quiero morir. Ella está muerta. Estoy con un cadáver.

Los médicos la han diagnosticado muerte súbita. Su familia no me recrimina nada, pero no me quiere ver. Su hija se ha muerto de repente. No hay explicación. Y ha sido conmigo en su casa del campo. Todos muertos de miedo. No de tristeza, de miedo. No nos queremos morir.

3 comentarios:

Bajo las estrellas... dijo...

Y me gusta ser la primera en pasarme por aquí, debo reconocer que estaba esperando una nueva entrada tuya. Nunca sé que me voy a encontrar, y como siempre me gusta. Me has mantenido en suspense unos pocos minutos, lo suficiente para saber que la entrada me ha gustado y mucho¡

1beso¡y hasta la próxima¡

Bajo las estrellas... dijo...

no sé si la pregunta quiere respuesta, de todas manreas por si es así y no sólo un tono irónico: comunicación audiovisual en Valencia.

1beso¡ y hasta la próxima¡

BUDOKAN dijo...

Yo también me sorprendo con las historias que nos cuentas cada vez que pasamos por aquí. Muy bonita la fotografía que ilustra sus palabras. Saludos!